Ontologías en medio de la pandemia
20 de octubre de 2020 | Gustavo I. Rodríguez Muñoz
En los últimos meses, he podido dedicar un tiempo importante a la investigación de temas que pudieran llegar a convertirse en una coyuntura, un punto de quiebre que pudiera sentar las bases de un nuevo modelo para la toma de decisiones. Algo que me ha llamado la atención es la reacción de una generación joven, importante, que ansía incorporarse a un mercado que parece estar tambaleándose en sus cimientos. La pandemia que vivimos en 2020 nos ha demostrado que existen baches profundos que no permiten el tránsito adecuado para quienes, con tantas expectativas, quieren contribuir y prosperar.
Tenemos una economía que genera valor por donde puede, se desplaza de un nicho a otro y crece cual masa amorfa. No existe un consenso de lo que se necesita realmente, y por lo mismo, los gobiernos y empresarios esperan atinarle al momento de generar políticas y proyectos. Aquellos que tienen la capacidad de asesorar estas decisiones, muchas veces no son escuchados, como vimos al inicio de esta pandemia, donde científicos y consultores de todo tipo advirtieron a cada gobierno sobre las consecuencias de un covid-19 en la sociedad y la economía que tanto defienden. Hoy, a siete meses de que se dio la noticia por parte de la OMS, podemos darnos cuenta de que evidentemente pasamos ya aquella famosa recuperación en V que varios dirigentes habían presumido.
En Estados Unidos, por ejemplo, se han preocupado más por una elección que pudiera definir entre estar en una situación peor o medianamente igual a la que nos llevó a este momento. Se hablaba en distintos medios sobre la pobre democracia que había llevado a un país tan poderoso a tener que decidir entre un bufón y más de lo mismo (ya sabrán relacionar mis comentarios a cada candidato).
En México también, las incoherencias de una administración que lucha por deshacerse de un legado corrupto y manchado de malas decisiones, y la oposición que intenta desesperadamente conservarlo para poder abrirse paso en un futuro que todavía parece lejano, han llevado al país a vivir en una desigual incertidumbre. Como estos dos ejemplos, podemos continuar hablando de otros países y sus sociedades, pero es bastante claro que se encuentran enfrentando sus propias problemáticas en su propio contexto.
¿Un año perdido? Eso dependerá de donde estés parado. Para algunos, significa una catástrofe que continúa profundizándose. Para otros, una oportunidad para rehacer y contemplar nuevos proyectos. Ningún lado está mal, pero no existen puentes visibles que pudieran comprometer ambas visiones y crear nuevas oportunidades para ambos. Nos enfrentamos con una ontología egoísta que se arraiga en debates olvidados. Pudiera ser que, en un momento en el futuro, encontráramos un punto medio en el que discutamos lo que en verdad importa, y evitar poner relojes que nos adviertan de catástrofes a corto plazo, sería mejor actuar ya.
