Las consecuencias del desorden económico
19 de agosto de 2020 | Gustavo I. Rodríguez Muñoz
En 2019 era muy claro que estábamos a poco tiempo de la siguiente recesión. Ahora, un año después, podemos ver que esto era verdad; no hay que confundir a la pandemia del covid-19 como la causa, a lo mucho esto fue un catalizador. Los atisbos de una recesión son complejos, y normalmente nacen de alguna obviedad que se verá claramente una vez que esté sobre nosotros. Pero los signos son claros, los síntomas son inconfundibles; hemos aprendido, crisis tras crisis, que la situación será compleja, que los problemas serán profundos y que muchos pagarán las consecuencias de un creciente desorden económico (naturalmente los más vulnerables).
Basta con ver algunas señales preocupantes, no solo es la pandemia que enfrentamos. En últimas fechas, las bajas utilidades de bancos importantes en el país, preparándose para una posible moratoria de pagos (misma que aún no podemos llegar a medir, puesto que se ha implementado un programa para diferirlos); la incapacidad de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores para poder vigilar el aumento de fraudes y procesos en los bancos (dada la fuga de talento desde 2018, aunada a la austeridad); la quiebra de instituciones bancarias como Banco Ahorro Famsa; y otras señales de la misma naturaleza, parecen indicar una fuerte incapacidad para poder mitigar el golpe que pudiera llegar.
Si algo se ha podido notar con la situación que enfrentamos, es que no hubo una preparación real de muchas organizaciones (empresas y organismos) para enfrentar una evidente y atrasada recesión. La toma de decisiones se vio mitigada por un velo que procura siempre esperar el mejor escenario, pero nunca estar listo para el más difícil. Se espera que las cosas sigan como siempre han seguido y aunque en muchas ocasiones la historia nos ha demostrado que la única constante es el cambio, la necedad impera.
México enfrentará este escenario con una pobre preparación; la preocupante confusión de crecimiento como sinónimo de desarrollo cobrará factura. No podemos dejar a un lado los hechos que ya son visibles: un aumento de la pobreza por todo el país (y Latinoamérica); un aumento de la informalidad y las consecuencias que esto trae; un enfoque equivocado de dónde colocar el “apoyo” para ayudar a la población, etc. Mi intención no es especular, los datos están ahí y las señales también. Es importante reconocerlos y comenzar a analizar como menester, la verdadera raíz de los problemas que tanto nos bombardean, una pobre y mal informada toma de decisiones que viene azotándonos desde hace décadas (no incluyo únicamente al sector público.)
